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NUEVE MESES ANTES DE
LA MUERTE DE JEREMÍAS

por Rosa María Carmona Plata

 

Atardecía cuando ella se dispuso a ir a su encuentro. Dejó todo lo que estaba haciendo y salió de la casa. Aunque su paso era lento y cadencioso, su alma palpitaba aceleradamente a medida que el momento se aproximaba. Sentía un irresistible deseo de encontrarse junto a él.

El acantilado. No sabía por qué él había elegido ese lugar para encontrarse con ella... La brisa marina y el olor a mar la inundaron por completo. Allí, de pie, la figura de Jeremías se alzaba contra la naturaleza mientras contemplaba con su mirada profunda y cálida los últimos estertores del sol antes de morir tras el horizonte. Ella sabía que no podría resistir vivir separada de su lado, que su alma moriría con la suya. Silenciosamente elevó una plegaria al cielo y de sus ojos, casi siempre inquisitivos, brotaron incontenibles algunas lágrimas.

Quiso llamarlo, pero de sus labios no salió sonido alguno. Quiso abrazarlo, pero sus brazos se negaron a obedecerla. Quiso abrirle su corazón, pero el respeto que él le imponía se lo impidió. Parecía que, aunque las venas estuvieran a punto de explotar en sus sienes, nada se vería perturbado. La naturaleza seguía sus propios ciclos, imperturbable. Tan sólo el violento clamor de las olas contrastaba con el rítmico balanceo de las ramas al ser empujadas por el viento.

Apoyada en un árbol, ella lo contemplaba, ajena a todo cuanto la rodeaba. No se había dado cuenta de que sus mejillas estaban húmedas, ni de que su cuerpo estaba temblando de frío. Sólo era consciente de que debía aprovechar ese instante que tan generosamente se le había concedido. Necesitaba imperiosamente hablar con él, manifestarle cuán importante era para ella su apoyo, su amistad, su ayuda, su comprensión...

Se conocían desde hacía mucho tiempo. Él era su entrenador; un entrenador duro, inflexible, exigente... Un entrenador que la había educado deportiva y moralmente... Un entrenador que fue al mismo tiempo profesor, padre, amigo y crítico. Ella lo amaba, lo necesitaba.

Súbitamente fue consciente de sí misma y de la terrible angustia que sus reacciones demostraban. No, no quiero que me vea llorar. No debe advertir mis flaquezas. No tiene que descubrir que conozco la terrible verdad que él me ha estado ocultando.

- Jeremías, ¿llevas mucho tiempo aquí? -se atrevió a preguntar al fin.

Su voz sonó tímida y temblorosa, pero él no pareció darse cuenta. Su atención seguía concentrada en la belleza de la naturaleza que lo rodeaba.

- No me había dado cuenta de que habías llegado, Marta.


- No te preocupes hace sólo un instante que estoy aquí -respondió ella mientras disimuladamente enjugaba sus lágrimas.

El se giró hacia ella. Su rostro emitía una extraña sensación de placidez y lejanía.

- Quería enseñarte esta vista, Marta. La he adorado desde mi niñez. Recuerdo lo mucho que me asustaba oír el violento batir de las olas al chocar contra estas escarpadas paredes. ¿No te parece espléndida?

- Sí -respondió Marta-. Hay belleza en este lugar.

- Es la fuerza de las olas lo que me fascina -continuo él-. Su constancia. ¿Te has dado cuenta de que hasta la roca más resistente cede ante su empuje? Cuando juegas al tenis eres como este acantilado soberbio e inmune, imbatido, seguro de sí... pero, al mismo tiempo, eres esa ola ágil, constante y destructiva. No pierdas nunca esas cualidades, Marta. Posees una perseverancia y unas dotas innatas que pueden conducirte a la cima del éxito. Eres tú. Todo está en ti. No lo olvides.

- ¿Por qué me dices todo esto ahora, Jeremías?

- Se dice que tras el más duro de los inviernos, siempre llega una plácida primavera. Tú has nacido para resistir los embates de cuantos inviernos se pongan en tu camino, Marta. Has nacido para ser una superviviente. Tienes que poder llevar adelante nuestro sueño por encima de cualquier dificultad.

- Tu sueño es mi sueño, Jeremías -dijo ella fijando la mirada en el suelo. No estaba segura de que él la hubiera comprendido. Sin embargo ahora que había empezado a hablar no quería ni podía contenerse por más tiempo.- Recuerdo cómo nos conocimos. Al principio no veía en el tenis más que una forma más de escapar de la rutina diaria, pero poco a poco me fui sintiendo más unida con este deporte. Notaba que un impulso extraño me empujaba a entrenarme. Me di cuenta de que el tenis no era sólo un medio de evasión sino una actividad que verdaderamente me llenaba y me hacía disfrutar como ser humano. ¿Era sólo eso? Me lo he preguntado muchas veces y hoy me siento capaz de dar una respuesta sincera: no era sólo por el tenis, sino por ti, Jeremías. Siempre estuviste a mi lado, apoyándome. Tenías fe en mí como alumna y eso me hizo sentir confianza en mis posibilidades. Nuestras sesiones de entrenamiento eran agotadoras, yo siempre acababa exhausta, pero no me rendía. El tenis y tú me animabais a que no desfalleciera pasara lo que pasase. Cuando ganaba algún partido no me sentía satisfecha hasta que no miraba la expresión que tomaban tus ojos. Si tú te encontrabas satisfecho, yo daba por buena esa victoria; si por el contrario me desaprobabas, me sentía desfallecer pero preparada para mejorar todo lo que fuera necesario... Yo sólo te puedo decir que mi sueño... eres tú.

Ella levantó la vista. Lo observó. Él había vuelto a contemplar el mar. Su expresión no había cambiado. Sin embargo se había endurecido su mandíbula y agrisado su mirada de un modo casi imperceptible.

- ...Jeremías -continuó ella- estoy enamorada de ti. Nunca te lo hubiera dicho de no ser porque...

Al llegar a este punto su voz se quebró. No podía contener por más tiempo su pena y su amargura. Estalló en sollozos. Sus miembros aparecían convulsionados por los temblores y en un supremo instante de necesidad se abrazó al cuerpo de él.

- ¿Por qué no me dijiste que estabas enfermo, Jeremías? ¿Por qué me has tenido engañada durante todo este tiempo? Yo confiaba en ti...

Él dudó un instante antes de responder a su gesto. La miró y al ver tanta amargura en su rostro, sintió que sus defensas se empezaban a quebrar.

- Marta, Marta, mi querida niña...

Las venas de su cuello se tensaron. Los puños de sus manos comenzaron a cerrarse. Su cuerpo entero se aprestó a la lucha contra el invisible enemigo que atentaba contra su felicidad y la de aquel ser, ahora desvalido, que abrazado contra su cuerpo sollozaba implorante.

- Cálmate, Marta. Tranquila. No pasa nada.

Al oír sus palabras, ella se sintió, no ya delante de la persona amada sino frente al entrenador al que estaba acostumbrada a obedecer.

- Perdóname, Jeremías. Quizá sea mejor que vuelva a casa.

- No hay nada que perdonar, Marta -le dijo él en un susurro lleno de calidez y emoción.

Ella sintió que bajo su aparente frialdad, estaba asustado. Percibió de pronto que Jeremías era vulnerable, que su espíritu estaba arrasado por un dolor que ocultaba a los demás. No pudo ahogar su furia.

- Pero... ¡no puedo aceptarlo! ¡No es justo que tú...! -le gritó deshaciendo su abrazo.

Él le sonrió con una mezcla de benevolencia y perplejidad.

- Marta, si yo tuviera tu edad, pensaría probablemente lo mismo. Cuando hace cinco años los médicos me diagnosticaron leucemia, me derrumbé física y moralmente. Sin embargo, conseguí rehacerme gracias a la nueva meta que me marqué. Esa meta, Marta, eras tú. Me propuse conducirte hasta lo más alto, transmitirte todos mis conocimientos, hacer de ti la encarnación viva de mis sueños. Tú me devolviste la esperanza, Marta. ¿Cómo crees que me siento cuando oigo en tus labios palabras de desesperación? Si yo muero, estaré contigo cada día. Tú sentirás por mí, vivirás por mí, jugarás por mí. Venceremos a la muerte porque por encima de todo seguiremos juntos, luchando por conseguir nuestra común ilusión. La muerte, Marta, no puede aniquilar algo tan poderoso como la esperanza humana.

Con temblorosas manos, ella se agarró violentamente a las solapas de su gabardina. En su mirada se mezclaban sentimientos de furia con una profunda amargura.

- ¿Cómo puedes hablar de morir? - gritó desesperada.- ¿Qué haré yo si alguna vez no estás conmigo? ¿Cómo podría jugar si no estás a mi lado? ¿Cómo podría vivir sin ti?

Jeremías la miró, y por un momento en las profundidades de sus pupilas se reflejó una profunda ira y decepción.

- No digas eso, Marta. Nunca, nunca vuelvas a hablar así. Prométeme que nunca dejarás de luchar, pase lo que pase. ¡Prométemelo!

Ella bajó la mirada mientras se apartaba de él. Durante varios minutos reinó el silencio entre ellos, un silencio tan sólo quebrado por los sollozos de la joven.

- Sólo te prometo que no dejaré el tenis... por ti y por nuestro sueño.

Él le sonrió y le hizo una seña para que se acercase. Entonces la abrazó suavemente, como si se tratara de un bebé que necesitara consuelo.

¿Por qué, dios mío? Llevo mucho tiempo preparándome para este momento. Pero no puedo permitir que ella sufra. No me importa morir, pero no quiero que ella sufra.

Cuando notó que su respiración se normalizaba, la separó de su pecho. Por sus mejillas corrían algunas lágrimas pero parecía más tranquila.

- Ya es muy tarde, Marta. Tenemos que volver...

Jeremías enmudeció de repente. Notaba cómo su corazón latía acelerado. Le era imposible respirar. Intentó relajarse pero el dolor no remitía. Ante la mirada atónita de Marta, se derrumbó a su lado.

- Jeremías -gritó ella mientras se arrodillaba y cogía con fuerza su mano.

A pesar de que sus ojos parecían desenfocados y el sudor perlaba su rostro, Jeremías intentó sonreírle.

- No te preocupes, Marta. Estoy bien -consiguió articular.

Marta secó el sudor de su frente. Sentía que su respiración se iba normalizando. Verlo tan desvalido hizo nacer en ella un hondo sentimiento de ternura. Lentamente, acercó su rostro al suyo y lo besó. Él la miró con tristeza.

- Vivo a un paso de la muerte, Marta. ¿No te das cuenta?

Sin embargo supo que sería imposible derrotar la convicción que latía en los ojos de ella.

- No soy una niña, Jeremías. Te quiero.

Él intentó que razonara, aunque sentía que su esfuerzo era inútil.

- Intenta comprender. ¿Qué sentido tendría tu sacrificio?

- ¿Sacrificio? Te quiero. ¿Me entiendes?

Marta cogió las manos de él y las apoyó en su rostro. Él le sonrió.

- Marta, eres lo más maravilloso que me ha sucedido nunca.

Ella le devolvió la sonrisa, mientras le ayudaba a incorporarse.

- Te pondrás bien. Estoy segura. Y cuando te recuperes iremos juntos a competir por la Copa de la Reina.

Él cerró los ojos. Su confianza en la vida le había contagiado. Por un momento creyó que todo sería posible.

- Por supuesto -murmuró en su oído mientras la abrazaba.

FIN


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