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EL MONJE Y LA MEDIANOCHE

Jeremías siente que se le acaba el tiempo. En su diario consigna sus pensamientos, recapitulando su sentir: esperanza, frustración, desespero, resignación. Y, sobre todo, urgencia. Hay tanto por hacer... Marta está floreciendo a ojos vista, y él no podrá estar ahí para guiarla, para verla madurar como tenista y como mujer. La ama, y por eso está firmemente determinado a que la cosecha no se pierda. En todos los sentidos.

Angel Andrews abandona su retiro y acude a la llamada de su amigo. Este encuentro es casi la única oportunidad que tenemos de verles reir a ambos, joviales y relajados, retomando su vieja y cálida amistad. Más tarde, cuando Angel se haga cargo de las cosas, encontraremos que es la antítesis de Jeremías: impaciente, hosco, airado. Se diría que su disciplina monacal es una mezcla de genuino deseo de aislamiento, y de un esfuerzo constante de autodominio, de mantener a raya una profunda rabia.

Ingrid visita a menudo a Jeremías, y es interesante cómo parece adquirir serenidad en compañía de él, sus conversaciones dotadas de las pequeñas acusaciones y felicidades genuinas entre hermanos. Sin embargo, Jeremías no deja que ella perciba la verdadera extensión de su enfermedad. Las crisis son constantes, cada vez más frecuentes. Está empezando a tener que mentir para ocultarlas. La pobre Ingrid siente el desespero crecer en el corazón cada vez que su hermano ha de ser hospitalizado

Hemos escogido detallar estas secuencias, además de por su fuerza dramática, por la sorprendente belleza expresiva. Sorprendente al tratarse de un Animé de Dezaki y Sugino: aunque, como veremos, la enfermedad y la muerte son mostradas en esta serie con la crudeza e incluso repugnancia habituales en sus obras, aquí vemos una representación más heroica, más atractiva, incluso.

En todas las artes representativas encontramos a menudo lo que podríamos llamar el Síndrome de San Sebastián, consistente simplemente en hacer del sufrimiento belleza, valentía, ejemplo gozoso, erotismo incluso. Enormemente efectivo a la hora de conmover al espectador, suele ser una monstruosa hipocresía a favor de alguna ideología o creencia: el suplicio, la aflicción o la enfermedad, por más vueltas que se le dé, son dañinos y degradantes. Es un fenómeno habitual en el cómic y la animación, pero el estilo de estos animadores siempre ha demostrado una cierta honestidad al introducir fealdad en los rasgos, rugosidad en el dibujo, horror en el dolor.

Sin embargo, cuando Angel es testigo de la acometida de la enfermedad de su amigo, Jeremías aún sostiene su belleza de rasgos en la crispación. Quizás para demostrar la pureza de intención, la necesidad absoluta que le guía, y la dignidad con que pretende afrontar el destino, así como la fuerza de la amistad y la fortaleza de los dos personajes. Se produce un efectivo traspaso de poderes entre ambos: Jeremías cede a Angel no sólo la formación como tenista de Marta, sino que también, como veremos al final de la serie, su felicidad sentimental.








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